miércoles, 11 de enero de 2012

Esa noche, los muchachos no jugaron 21



Creo   que rondaba casi las 4 de la tarde de ese  12 de enero de 1972 cuando nos enteramos sin querer por   Radio Cristal y  en la viva voz de Bonaparte Gautreaux (Cabito) que “los muchachos”-Amaury, La Chuta, Ulises y Virgilio  libraban desde tempranas horas de la mañana una feroz batalla contra una  poderosísima estructura policiaco- militar dotada de una  obscena capacidad de fuego para aniquilar, de una vez por todas, a  los “delincuentes y asaltabancos” pertenecientes a esta  célula revolucionaria de Los Palmeros, apéndice del Comité Revolucionario Camilo Torres (CORECATO).

“Los muchachos”, sobre todo Amaury,  combatieron –casi desde su infancia- al conservadurismo dominicano más prestante de  Trujillo y Balaguer,  pero sobre todo a los 12 años de Balaguer. Al  Don Elito cortesano de Trujillo, vecino silencioso de la calle Estrelleta y luego allá en su Casa Gris de la Máximo Gómez. Don Elito, el de la Lucía tan lánguida y tan sublime pero igual de   autocrático y asesino como el que más. Al doctor Balaguer de cuyos malabares maquiavélicos ahora  copian  hasta la saciedad de sus bolsillos, algunos de los miembros más distinguidos de las  actuales élites políticas dominicanas. 

Un presidente Balaguer firme y  coherente contra todo aquello que oliera a  democracia, justicia social, participación popular  y respeto a los derechos humanos. Todo  lo joven y nuevo era “subversivo y enemigo de la Patria”.

Hablamos de los tristes, largos y oscuros años de Guerra Fría. Del  Plan de Exterminio Contrainsurgente contra   todos aquellos y aquellas que en el 1965 se atrevieron a levantar la voz y los fusiles exigiendo la vuelta del Gobierno Constitucional de Don Juan Bosch, el que una vez dijo servir al Partido para servir al Pueblo. Plan de Exterminio que también se puso en práctica en en Argentina, Uruguay, Brasil, Chile. ...

 En los 12 años de Balaguer, miles de muchachos  perdieron la vida en las  manos de las  bandas paramilitares  recomendadas por la CIA  en su afán de  torturar y asesinar a la juventud que solo quería disfrutar del “Estado de Derecho”, viciado o no, corrupto o no,  que disfrútamos en la actualidad.

Retornando a  ese 12 de enero, hace ya cuarenta años, recuerdo como ahora  que jugábamos   baloncesto-21 mejor dicho- en la cancha del barrio,  mientras Amaury-diez años mayor que nosotros -, se enfrentaba a una Brigada Mixta de las Fuerzas Armadas del país. 

Nadie se percató de la radio que reportaba casi a cada minuto los  feroces combates que estremecían el kilómetro 15 de Autopista Las Américas, camino al Aeropuerto, a Boca Chica y  a las playas clasemedieras de Guayacanes y Juan Dolio. Nadie se percató de lo que pasaba  porque el juego nos absorbía energía y diversión.  Pero  poco a poco la tensión de los acontecimientos nos llamó la atención. Sobre la radio, nunca supe de dónde apareció.Nadie andaba con una radio en una cancha de barrio para aquel entonces.

La tensión se escurría sola en la  voz grave y tensa de Cabito Gautreaux, quien  desmenuzaba al detalle   las incidencias de la feroz y desigual batalla. Cabito, el mismo  mismo narrando  que estaba  acostado en el suelo, micrófono en mano. El veterano periodista reportaba  el tableteo de las ametralladoras y  la llegada de más contigentes. Más pertrechos militares, más tanques, mas carros de combate, más guardias del arsenal, más generales asesinos con cara de galanes de Hollywood. Sobre todo uno, contralmirante de la Marina, siempre tan dandy como le toca ser  los buenos asesinos. Más de todo y más  para aniquilar a los  cuatro muchachos.

Cabito  registraba con la respiración entrecortada  los intensos y constantes silbidos de las balas y el estallido de granadas contra todo lo que se movía alrededor de  la cueva donde los “muchachos” resistían la brutal ofensiva.

Largas e intensas horas de combate, infinitas. Se paralizó el juego del 21. Todos atentos a la radio.
 El juego de baloncesto se esfumó y el aire se hizo espeso. El gris de la  tarde ya empezaba a caer. 
Mi madre, apareció de la nada , igual que la radio,  agitada y nerviosa. Salió de  algún lado de la cancha y en cuestión de segundos me enrostró mi ignorancia por estar en esa cancha a esa hora mientras estaban sucediendo  trágicos sucesos al otro lado de la ciudad. "Muchacho del carajo, camina, tú tá loco ehh!!!".  Yo delante de ella y ella detrás de mí mascullando reproches que intuía  en algo parecido al terror. Él miedo,  como era habitual , inició una escalada lenta y  progresiva en su corazon de madre. 

Ya en casa, esa noche, nos enteramos  que Amaury y los muchachos cayeron abatidos, allá en su cueva de guerreros. De hombres con miles de estrellas en la frente. Que la CIA ayudó a detectarlos a través de un avión que vino de Miami. 

La noticia de su muerte  se regó  como la leve lluvia que caía. Una jarinita .  Entonces fue cuando la ciudad se autoimpuso un gran toque de queda. Silencio. La Pax Romana  de Balaguer. 

Esa noche,  en  la cancha del barrio , los “muchachos grandes”, los que siempre iban de noche luego de que jugáramos los más pequeños,  no asistieron a su acostumbrada tanda nocturna de jugar “21″ .

Es que  muy lejos de la cancha del barrio,  cayó acribillado  otro “muchacho”  siempre clandestino, siempre furtivo, amante de la poesía de Miguel Hernández, el hijo de Doña Manuela de la Salomé Ureña, el de miles de estrellas en la frente. 

Un “muchacho” que nunca pudo jugar  21 como nosotros  por estar  siempre de clandestino y de  firme en sus convicciones de construir un país y un mundo mejor.  No importa que estuviera equivocado o no en el tipo de sistema que convertíría al mundo en un mejor lugar para vivir. Su equivocacíón es lo de menos. Las ideas no se matan a balazos. 

Por eso, era  de esperarse que a los "muchachos grandes" no sintieran ganas de jugar esa noch aunque nunca habían oido hablar de Los Palmeros.  A ellos y a la ciudad se los comió  el silencio,  se los comió la noche. .

No hay comentarios:

Publicar un comentario